Ya que se nos viene el Bicentenario de Chile, es decir, nuestro bicentenario, y también de un considerable número de países latinoamericanos que se unen a esta celebración, comenzamos a sentir esos olores de dieciocho tales como las repetidas notas del noticiario, comerciales de los más conocidos supermercados, avisos publicitarios, promociones, en fin. No, no los olvidé. No podemos olvidar los queridos, pero un poco gritones comerciantes inundando las calles con banderas chilenas, gorros de huaso y adornos para los autos, además de las señoras del barrio comentando todo el día de manera exhaustiva lo que harán para estas fiestas patrias 2.0.
Chilito se revoluciona mientras mi cerebro se revuelve, saliendo a la luz mil reflexiones, cuestionamientos, la mayor parte de ellos pesimistas; pero sabemos que la vida es dulce y amarga, eso es lo que la hace divertida, por lo menos para mí, porque logra equilibrar esa rara balanza del alma. Y una pregunta escondida hace un par de tiempo se asoma tratando de sintetizar este revoltijo de ideas: ¿tenemos algo que celebrar? Esta pregunta se asoma por una simple razón. Bueno, debido a la gran expectativa que tiene cada país sobre sí mismo. Sobre sus avances logrados a través de un sinnúmero de comparaciones con el pasado, concepciones de lo primitivo que fueron, el gran pero inexplicable orgullo de lo que son y lo que desean ser. Es muy habitual en nosotros los chilenos tener más expectativas de las debidas, el “creernos el cuento” pensando que todo está bien, todo marchando viento en popa.
